
POR FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA


El empeño, las fuerzas y el entusiasmo puestos por Juan Sánchez en la difícil empresa de conseguir el puerto de Torrevieja hizo que el pueblo le siguiera. En la tarde del domingo, 12 de noviembre de 1911, tuvo lugar una nutrida manifestación pidiendo el puerto y entregando al alcalde para que elevara una exposición al diputado a Cortes por este distrito, Vicente Ruiz Valarino e hiciera una interpelación al Gobierno, solicitando que las dos mil pesetas, que percibía el Estado como canon del arrendamiento de las salinas, se dedicaran a la construcción del puerto de Torrevieja, como base fundamental para la prosperidad de esta villa y medio único de evitar la continua emigración. Vicente Ruiz Valarino puso en juego sus valiosas influencias políticas con el apoyo de sus hermanos Trino y Manuel.
El Estado emprendió, en 1913, la realización de los estudios precisos para cimentar un puerto en Torrevieja, mientras se seguían celebrando mítines pidiendo el comienzo de las obras. En febrero de 1913, visitó la villa el gobernador acompañado del ingeniero de Obras Públicas de Alicante, Antonio Sanchis, encargado del proyecto. El gobernador conferenció con el presidente del Círculo Mercantil y con otras personalidades locales, asegurando que al mes siguiente, en marzo, se concluiría el proyecto y de esta forma empezar el comienzo de las obras en seguida.
El ingeniero Sanchis presentó un proyecto de ejecución acogido favorablemente por los ayuntamientos de la comarca mediante adhesiones al mismo. Sin embargo transcurrieron varios años y las obras seguían sin comenzar.
La sal se embarcaba por medio de barcazas hasta los buques fondeados en alta mar o se enviaba por ferrocarril a Alicante y las gestiones innumerables hechas por los habitantes de Torrevieja –algunas de las cuales tuvieron como protagonista al propio Pable Iglesias- de nada sirvieron ante la oposición del puerto alicantino y la falta de interés de los caciques de la comarca. De nada sirvieron las razones que se daban para justificar la construcción del puerto: una matrícula de buques de cabotaje superior a la de cualquier otro puerto español, la importancia del tráfico de la sal, la pérdida de hombres y buques en la bahía por falta de abrigo y los beneficiosos efectos sociales que de él se derivarían.
En la mañana del 14 de agosto de1914, convocada por el alcalde Mariano Albentosa Castell, se reunió la corporación municipal, acordando expresar su agradecimiento al diputado socialista Pablo Iglesias por su gestión cerca del Gobierno para la construcción del puerto.
La primera autoridad, celoso por conseguir beneficios a la población, hizo cursar el siguiente telegrama: “Pablo Iglesias.- Diputado a Cortes Madrid.- Ayuntamiento mi presidencia, en sesión hoy acordó expresarle su reconocimiento por interés demostrado en favor pronta construcción este puerto. Suplicándole continúe tan hermosa gestión”.
Al mismo tiempo se expidieron telegramas al ministro de Fomento, gobernador civil y diputado a Cortes por el distrito de Dolores al que pertenecía Torrevieja, interesando de todos el comienzo de las obras del puerto para así evitar la crisis obrera que se avecinaba por la repatriación de miles de braceros pertenecientes a esta región.
Los efectos de la Guerra Europea empezaban a notarse en Torrevieja donde el único medio de vida era la exportación de sales al extranjero. Paralizándose ese importantísimo tráfico y aumentando considerablemente el número de obreros, era seguro que de no conseguir el pronto comienzo de las obras del puerto, sería inevitable la miseria general.
El Gobierno tenía especial interés en evitar la crisis, y lo demostró decretando autorizar al ministro de Fomento el emprender obras públicas. La construcción del puerto de Torrevieja, declarado de utilidad pública, aprobado su estudio y presupuestados para su ejecución cuatro millones de pesetas, indicaba que no faltaba más para empezarlo que la voluntad del ministro de Fomento.
En esos años era tema obligado de todas las conversaciones y de preocupación todos, las consecuencias que podría traer la trágica contienda europea. El Gobierno dictó una serie de disposiciones para evitar en lo posible los males que se pudieran experimentar.
Entre otros acuerdos, se prohibió exportar artículos de primera necesidad, suprimir los derechos de importación de algunos de ellos, intervenir los depósitos a los acaparadores que quisieran aprovecharse de las circunstancias y elevar injustificadamente los precios de los mismos, e impulsar obras de Estado en las provincias a fin de conjurar la crisis de trabajo que producía una enorme cantidad de obreros españoles que como consecuencia de la guerra se patriaron en el mayor estado de miseria.
Torrevieja, pueblo de obreros en su inmensa mayoría, era como consecuencia uno de los más amenazados por la crisis, que empezaba a sentirse por la falta de trabajo para los que volvían a él.
Había que tener en cuenta que se iba de cara al mal tiempo, y ese invierno los obreros no tuvieron, como todos los años, el recurso de emigrar, pues las industrias de todas las naciones estaban quebrantadas y no podían dar ocupación a obreros extranjeros.
Habiéndose aprobado por fin el expediente del puerto y que el ingeniero jefe de la provincia había señalado esta obra al gobierno como una de las prioritarias, se inició una campaña intensísima en prensa ayudando con ella a las continuas gestiones del diputado socialista Pablo Iglesias, secundando la iniciativa del alcalde Mariano Albentosa Castell y el resto del Ayuntamiento, dirigiéndose al ministro de Fomento.
En agosto de 1914, sabiéndose en Torrevieja que el expediente del puerto había sido devuelto a Alicante, marchó a aquella capital el concejal Manuel Ballester, pudiéndose informar en la Jefatura de Obras Públicas del dictamen negativo del Consejo de Obras Públicas. Aquel informe decía, entre otras enormidades, que en Torrevieja no hacía falta dique de resguardo, o sea la escollera proyectada, sino muelles para el tráfico de las mercancías.
De acuerdo con ese dictamen estaba la conducta del ministro de Fomento, que no se había dignado ni siquiera a contestar a los telegramas puestos por el alcalde.
Antes de adoptar procedimientos enérgicos, se acordó hacer uso de los buenos oficios recibidos de Luis Barcala Cervantes, amigo del concejal Manuel Ballester, y hacer activas gestiones a través de Pablo Iglesias, jefe del Partido Socialista, al que se dirigieron desde Torrevieja exponiéndole la situación.
Continuará
Fuente: Semanario VISTA ALEGRE. Torrevieja, 14 de noviembre de 2015
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