
POR JUAN PEDRO RECIO CUESTA, CRONISTA OFICIAL DE TORNAVACAS (CÁCERES)

Cuando estamos viviendo semanas inéditas en nuestra historia más reciente y una pandemia global, como es el coronavirus, está azotando con virulencia a un buen número de países de todos los continentes, es usual leer, en artículos periodísticos, referencias a otras enfermedades o epidemias que han afectado notablemente a nuestras sociedades en tiempos pasados: sirvan como ejemplo la mal llamada «gripe española» o la peste negra, entre otras.
En los tiempos más recientes de nuestra Historia, es decir, en los siglos XIX y XX, España también se ha visto afectada por otras enfermedades que, bien hasta que se encontró el tratamiento eficaz o bien se descubrió y generalizó una vacuna, golpearon de manera intensa a la población. A todos nos suenan el cólera-morbo, la fiebre tifoidea, la viruela o la difteria, las cuales ya son enfermedades testimoniales que representan una mortalidad muy baja en nuestra sociedad actual o que e incluso ya están erradicadas.
En estas líneas, vamos a tratar una enfermedad que afectó de manera notable a ciudades y pueblos de la España contemporánea: la tuberculosis, también conocida como la «peste blanca». Esta enfermedad, si bien ya existía desde la antigüedad, adquirió una especial virulencia en nuestro país en el siglo XIX y su alta letalidad se extendió hasta mediados del siglo XX.
Por manejar una definición sencilla de tuberculosis, el Diccionario de la lengua española de la RAE señala que es una «enfermedad infectocontagiosa de los humanos y de otras especies animales producida por el bacilo de Koch». La Organización Mundial de la Salud, esa institución de la que tanto estamos escuchando hablar estos días, señala que dicho bacilo (o bacteria) casi siempre afecta a los pulmones. La enfermedad se transmite de persona a persona a través del aire. Cuando un contagiado tose, estornuda o escupe (de ahí que también sea conocida como una «enfermedad social», por su facilidad de contagio), basta con que otra persona inhale los bacilos para quedar también infectada. Los síntomas típicos de la tuberculosis son tos, fiebre, sudores nocturnos, etc., y tiene un mayor índice de mortalidad en personas que tienen un sistema inmunitario débil o dañado (enfermos de VIH o diabéticos) o presentan malnutrición.
En España, según el estudio de la Profesora Palao Ibáñez (1), la enfermedad creció exponencialmente a principios del siglo XX, provocando que, en el tramo que fue desde 1900 hasta 1930, casi todos los años murieran de media, aproximadamente, unas 30.000 personas. Y, ¿por qué fue tan mortífera? Las causas son varias, pero veamos las principales. En primer lugar, hay que entender el proceso de crecimiento de las ciudades, consecuencia de la industrialización. Las ciudades se convirtieron en grandes focos de infección, muy especialmente para la clase trabajadora, al habitar en viviendas insalubres y disponer de pocos recursos para acceder a los productos de primera necesidad. En segundo lugar, tanto en las grandes urbes como en los pequeños pueblos, hay que tener en cuenta la escasa cobertura sanitaria proporcionada por el Estado para combatir la enfermedad, la alimentación deficiente y la escasa higiene personal, factores que hacían que la tuberculosis se propagase a una mayor velocidad y afectase prácticamente a todos los grupos de edad y a todas las clases sociales.
En la tierra de Plasencia y, por ende, en el conjunto del Valle del Jerte y en el caso particular de Tornavacas, fue una enfermedad que, si bien ya había provocado muertes en los siglos anteriores, conoció un repunte preocupante también en estas primeras décadas del siglo XX, especialmente desde el mismo inicio de siglo hasta los años posteriores a la finalización de la Guerra Civil (1936-1939).
En la década de 1920, cuando la enfermedad constituía una gran preocupación en Plasencia y su entorno por el elevado número de fallecimientos registrados, instituciones de todos los niveles y personal sanitario trataron de aunar esfuerzos para combatir a la «peste blanca». En 1926, el médico titular de Tornavacas, Juan Sinde, se mostraba realmente preocupado por su letalidad y solicitaba a las autoridades competentes medidas para ponerla freno. Sostenía que, aunque bienintencionadas, no eran suficientes las colectas de dinero que se estaban realizando en Plasencia para ayudar a la curación de los tuberculosos y que las autoridades debían proporcionar medidas más eficientes y prácticas para la población. Sinde, que bien conocía la enfermedad y su tratamiento, dejó escrito lo siguiente (2):
«No basta recaudar unas cuantas pesetillas para alivio de estos desgraciados; es necesario, prepararles sitio, lugar, ambiente donde las lesiones bacilares puedan cicatrizar, en donde la lucha del microgérmen con las defensas orgánicas sea difícil, totalmente nula.
En el conocimiento vulgar está ya también que, si la tuberculosis es curable, lo es hasta cierto punto y solo en un ambiente […] en donde se puedan aplicar todas las terapias con sus varias combinaciones y métodos de cura, ¿cómo se consigue? Con un sanatorio antituberculoso en la sierra, en lo alto del Puerto de Tornavacas, con un clima delicioso de altura, bello, agreste y pintoresco; llenaría esta gran necesidad»
Como se puede leer en las líneas anteriores, lo que proponía el médico de Tornavacas era tener a los enfermos en un espacio tan benigno para el tratamiento de la enfermedad como lo era el Puerto de Tornavacas: un lugar retirado de cualquier núcleo de población y beneficioso por su temperatura fresca a lo largo de todo el año. Finalmente este proyecto, que tan favorable hubiese sido no solo para el tratamiento de la enfermedad sino también para contener su expansión por el Valle del Jerte, no llegó a cuajar. Quizá no existió voluntad por parte de las autoridades o, simplemente, no se tuvieran los recursos económicos que lo hicieran posible. Más de una década después (tras la Guerra Civil), cuando la enfermedad iba arrebatando decenas de víctimas en la comarca año tras año, finalmente se puso en marcha un sanatorio de las mismas características del que demandaba Sinde años atrás, en este caso en el otro extremo de la comarca, en Piornal (3).

Volviendo a lo que sucedía en nuestro pueblo, tenemos el testimonio de cómo era la vida de los tuberculosos. El también médico municipal, José Gándara, se encargaba de visitar a los enfermos. En un artículo que él mismo escribió en 1928 -titulado «La tuberculosis como enfermedad social» (4)-, relataba las desfavorables condiciones higiénicas que encontraba en sus domicilios, la poca luz y ventilación que tenían las habitaciones y los principales síntomas que les observaba (tos seca, tez pálida, altas fiebres, cansancio extremo…). Para hacernos una idea de lo difícil que era combatir la enfermedad en estas circunstancias, basta con leer la descripción que hacía de una de las casas visitadas y de cómo era la vida de las familias:
«Con el corazón apenado, pasamos a una casa inmediata que se sostiene de pie en prodigioso equilibrio. Su parte habitable, consta de una destartalada cocina y de un dormitorio, que recibe aire y luz por un raquítico ventanucho.
En un camastro yace un pobre hombre, tuberculoso avanzado; en su derredor forman lastimoso grupo su mujer y sus cuatro hijos, el mayor de diez años. Al llegar la noche, en el camastro reposarán el matrimonio y los hijos más pequeños; los otros dos dormirán en la cocina, sobre un saco de paja, abrigados más por el mutuo calor que se prestan que por el que pueda proporcionarles la andrajosa manta con que se cubren»

Tras esta descripción, afirmaba que era urgente habilitar lugares por toda la provincia que fueran aptos para la sanación de enfermos (enfermerías o sanatorios), y que a ello debían de contribuir no solo las autoridades, sino también las personas más pudientes, pues estos trabajadores que enfermaban, en muchas de las ocasiones, eran su principal mano de obra.
Si bien la tuberculosis siguió siendo un gran problema social en tiempos de la II República y en los años inmediatamente posteriores, a medida que fue avanzando la segunda mitad del siglo XX (es decir, a partir de 1950), la enfermedad empezó a presentar una mortalidad más baja, gracias a factores como los avances médicos o a las mejoras en las prácticas higiénicas de la población. No obstante, a día de hoy, en pleno siglo XXI, todavía sigue siendo una enfermedad activa. En las últimas informaciones publicadas al respecto, sobre todo en los países en desarrollo, sigue constituyendo un grave problema de salud pública. Los datos hablan por sí solos y en el año 2018 fallecieron 1,5 millones de personas en todo el mundo debido a esta enfermedad.
El actual coronavirus, siendo la primera pandemia de los tiempos de la globalización, ya tiene reservado su lugar en los libros de Historia. Eso es indudable. Pero como muchas otras enfermedades o epidemias que han afectado a las sociedades del pasado, tengamos la absoluta certeza de que llegará un momento en el que se convierta en una enfermedad controlada y con la que tendremos que convivir. De esta también saldremos. Ánimo y adelante.
Notas:
(1) PALAO IBÁÑEZ, María del Carmen, «Una perspectiva social de la tuberculosis en España: 1900-1939». [Disponible en: http://www.proyectonisal.org/dmdocuments/palao_ibanez.pdf]
(2) Nuevo día: Diario de la Provincia de Cáceres, 16/10/1926.
(3) El antiguo sanatorio «San José» fue reconvertido más tarde en albergue juvenil. Su último uso ha sido como alojamiento turístico (Hospedería «La Serrana», cerrada desde hace años y actualmente en proceso de reforma).
(4) Nuevo día: Diario de la Provincia de Cáceres, 13/12/1928
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