
POR ANTONIO MARÍA GONZÁLEZ PADRÓN, CRONISTA OFICIAL DE TELDE (LAS PALMAS-CANARIAS-ISLAS CANARIAS)

Una vez en un país no muy lejano, existió un Rey niño. Su madre había quedado viuda con dos hijas de corta edad y embarazada de unos cinco meses. Cumplido el tiempo de gestación nació un pequeño varón, que según las leyes del país fue proclamado Rey en ese mismo instante.
Para júbilo de todos, el vástago nació sano y en honor a su progenitor le pusieron su mismo nombre: Alfonso. Los más supersticiosos advirtieron a la Regente que su hijo llevaría aparejado un número nada recomendable el XIII.
La Reina era María Cristina, deseando cumplir su regia decisión, mantuvo la misma enérgicamente. Pasaron los años y el Rey comenzó su andadura infantil. Cuando tenía entre cuatro y cinco años de edad, su madre pudo comprobar la falta de sosiego que el niño tenía en las horas previas al sueño nocturno. Como era uso y costumbre en ella, lo habló con su confesor el jesuíta Padre Coloma y éste, conocedor del alma humana como buen hijo de San Ignacio, se apresuró a darle consejo.
¿Quién era el susodicho sacerdote? El padre Luis Coloma Roldán era natural de Jerez de la Frontera en la provincia de Cádiz, lugar en el que había nacido en 1851 y moriría en la Villa y Corte de Madrid el 10 de junio de 1915. A lo largo de su vida sacerdotal desarrolló una importante labor como consejero espiritual, confesor y orador. Defensor de Los Ejercicios Espirituales Ignacianos, compaginó sus actividades religiosas con la participación activa en el mundo literario, y lo hizo a través de su obra Pequeñeces o Jeromín, así como con numerosos artículos periodísticos, a través de los que podemos constatar sus altas dotes pedagógicos-didácticas y moralizantes.
Conocido el personaje, sigamos desgranando el motivo principal del presente artículo. Se cuenta, se dice… y nosotros nos hacemos eco de esas voces, que siendo el Rey poco conciliador con su descanso nocturno, como ya habíamos avanzado, Coloma aconseja a la Reina que le deje escribir unas cuantas historias infantiles que, a manera de somnífero, actuaran sobre el niño-Rey cuando éste era forzado a irse a la cama.
Así, el buen cura que vivía en la cercana calle Arenal, a un tiro de piedra de la Puerta del Sol, empezó a redactar la historia de un pequeño ratoncillo que se escapaba de su madriguera para deambular por cañerías, cloacas y toda suerte de conductos para llegar a las casas de los más pequeños, a aquellos a los que se les había caído un diente.
La trama era sencilla: un actor principal, el roedor; una alcantarilla sólo imaginada, porque pocas personas eran conscientes de aquellos vericuetos subterráneos; la acción generosa de la entrega de una moneda y la ilusión del receptor de la misma al colocar su diente bajo la almohada y al día siguiente descubrir que a la falta de éste, le sustituía una hermosa peseta de plata. La obra en cuestión no pasaba de ser un cuento infantil que para españolizarlo lo tituló: El ratoncito Pérez.
Un animalito muy castizo que, según los entendidos de la Literatura Española y Europea, tiene algo que ver con unos personajes de leyenda de la Literatura Francesa del siglo XVIII retratados en La Bonne Petite Souris, de la Baronesa d’Aulnoy.
Aunque no es menos cierto que nuestro paisano y universal escritor don Benito Pérez Galdós, en su no menos famosa novela Las de Bringas, compara a uno de sus personajes, concretamente a Francisco Bringas, avaro y tacaño, con El Ratoncito Pérez. Por la fecha de la publicación de esta obra galdosiana, podemos deducir que antes de ser descrito El Ratoncito Pérez en tinta y papel ya era popular, saltando su historia-leyenda de boca en boca entre todos los niños si no españoles, sí madrileños.
El Ayuntamiento de Madrid en una loable labor de concienciación de los valores literarios que almacena las calles, plazas y parques de la primera ciudad española, colocó una placa en el frontispicio del domicilio particular del Padre Coloma. Con el tiempo, allí ha abierto sus puertas la Casa-Museo de El Ratoncito Pérez, que el Cronista que esto escribe recomienda visitar a pequeños y mayores. Al entrar a sus varias salas, el visitante quedará empequeñecido ante los trucados volúmenes de los muebles y demás enseres allí existentes.
En una tienda excelentemente surtida podrán adquirir toda suerte de recuerdos, que van desde la consabida taza pasando por los pins hasta el ejemplar del famoso cuento, unos ilustrados a todo color y otros como reproducciones facsímiles de ediciones primigenias. La importancia del Ratoncito Pérez viene a avalar la vieja tradición de los cuentos, forma literaria de adoctrinamiento, formación de los más pequeños.
Este país de “cuentistas”, ha tenido una larga tradición que ahora se está dando por perdida. Me explico, ya los abuelos, los padres y otros familiares adultos no cuentan cuentos a los niños. No hay tiempo. Hemos delegado tal función a la televisión, así nuestros españolitos y españolitas de a pie conocen al dedillo cientos de personajes de las llamadas “Factorías de creación de literatura infantil”. A la Caperucita Roja, La Sirenita, Pulgarcito, de origen centro europeo se unieron en el pasado el Pinocho meridional por italianos. Ya en el siglo XX fuimos deudores de Wall Disney y aparecieron Mickey Mouse, Plutto, Las Ardillas (Alvin, Simón y Theodore) y así un sinfín de animalitos humanizados…
Pero lo realmente nuestro es EL RATONCITO PÉREZ. Me contaba un amigo mexicano que en la tierra de los mariachis no solo mantenían la tradición como cuento, sino que se le había puesto música ranchera. En unas jornadas de Casas-Museos y Fundaciones de Escritores un representante japonés, nos sorprendió hablando con autoridad de la tradición de El Ratoncito Pérez. Hasta ahí, a pesar de nuestra sorpresa todo bien. Pero nuestro estado de expectación fue subiendo cuando nos contó que, a la vuelta de muchos padres y abuelos tras haber abandonado Filipinas después de la Segunda Guerra Mundial, éstos se habían convertido en los portadores de una tradición hispana, hoy arraigada en algunos lugares de Japón: EL RATONCITO PÉREZ.
Hago un llamamiento a todos los que hemos tenido la suerte de tener con nosotros al famoso roedor: no perdamos la ocasión de hacerlo revivir cada vez que a un pequeño se le cae una pieza dental. Acerquemos a las gentes infantiles la entrañable figura de ese personaje que ha hecho las delicias de tantas generaciones. Hablemos con naturalidad de su existencia, démosle vida utilizando la fantasía inherente en todo ser humano. Defendámosle de modas y costumbres foráneas que se cuelan por las rendijas de la aculturación. Proyectemos nuestro amor a las tradiciones como sólo deben hacerlo los pueblos que tienen Historia. En fin, que de nuevo nos sintamos orgullosos de contar con un personaje literario tan pequeño como español en nuestra literatura fantástica.
El Quijote y Sancho Panza estarán de acuerdo conmigo en que El Ratoncito Pérez debe ser eterno.
*Publicado en la prensa digital Teldeactualidad el 29 de abril de 2020.
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