EL TRIGO
Sep 06 2020

POR CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA Y FRANCISCO PINILLA CASTRO, CRONISTAS OFICIALES DE VILLA DEL RÍO (CÓRDOBA)

Cuando paseas por el campo y te detienes, para admirar un escenario que te ha seducido y relaja, casi siempre está motivado con algo muy bello. Un trigal en un prado plano, con sus esbeltos y débiles tallos siempre en movimiento, alucina; es una llamada que el espíritu no puede desatender, ni pasar de largo sin contemplarlo un rato.

Paseaba por la ribera del río Guadalquivir la primavera pasada, iba lento por debajo de la autovía dirección al puente de hierro, cuando a mi derecha vi un trigal en movimiento. Lo observé un rato y tuve una tentación que no pude resistir: le corté unos tallos con sus espigas a unas plantas frondosas que a mi vista comenzaban a dorar. Hoy, después de dos años, aún siguen adornando en un florero mi humilde hogar.

El trigo, cuando nace, destaca en la besana su verde pálido, y los agricultores proceden entonces a arrancar las plantas forrajeras y la maleza que le acompaña. En abril las plantas adquieren una tonalidad verde intenso que llama a su contemplación y las espigas al nacer, como todo novicio, mueven sus rasposos hilos en una danza, y abatidos por el aire simulan movimientos de olas marinas que van y vienen en un continuo oleaje.

El trigo como otros vegetales cambia, cuando llega el verano, el color del ropaje por el amarillo tostado, y por las tardes, las plantas, acompañadas de rojas amapolas, resplandecen en todo su fulgor alumbradas por los rayos del sol que, rasantes, comienzan a desaparecer por occidente encendiendo los pelos de las espigas, en las que hacen brillar su color purpúreo despidiendo al dorado ocaso.

Es el tiempo en que el trigo avisa de que es la hora de la mies, de la recolección, y a él acuden cuadrillas de segadores con sus guadañas, y, alineados en las besanas con la cabeza cubierta por sombreros de paja, lo siegan a ras de tierra y hacen manojos que, después cargan en carros de grandes ruedas radiadas de base limitada con palos en lanza orientados al cielo, y cargados del cereal son arrastrados por dos bestias unidas a un ubio, y transportan los manojos a la era donde serán extendidos en soleras.

En las eras se inicia un nuevo ciclo de operaciones. La mies tendrá de soportar el peso de un trillo con su chirriar de aros metálicos, arrastrado por espoleadas bestias en un incesante viaje circular que va rompiendo la unión perfecta de la creación –tallo y espiga- que separa el grano de la paja; y se amontona ésta para formar las alpacas, y con el grano se formarán deslumbrantes y atractivas pirámides cónicas que, alegremente son recibidas y coreadas en el calor de la siesta por las cigarras panzonas y las chicharras, y en el silencio de la noche por el canto del búho, del cuco y de los grillos.

De entre la multitud de especies vegetales que existen en el planeta tierra, el trigo, cereal de la familia de las gramíneas, es por excelencia, el más apreciado. Su reproducción se hace por semillas, y seguramente fue de las más primitivas descubiertas y utilizadas en la alimentación por el hombre, pues cuando estos observaran que los animales consumían el vegetal en forma de heno antes de producir el fruto, y después sus granos, despertarían su interés. Su uso se conoce en el valle del Nilo desde 5.000 años antes de Cristo.

El trigo, es un cereal de secano que se cultiva en mayor o menor extensión en todos los lugares del mundo. En Villa del Río, cuando el pueblo era eminentemente agrícola, sus plantaciones ocupaban una buena superficie entre las tierras de labor en los pagos de la Veguilla, la Anguijuela y las Carniceras, y en las tierras de mediana calidad, se alternaba un año sí y otro no. La semilla se sembraba a boleo, que desde las faltriqueras arrojaban hombres y mujeres, o se echaba en surcos detrás de los que iban haciendo los labradores con un arado romano tirado por una yunta de mulos. Esta labor originaba un espectáculo maravilloso, pues a los excrementos humeantes de las bestias se mezclaban los gusanillos del terreno, y a comérselos acudían cientos de avecillas, verderones, pardillos, colorines, gorriones, etc. revoloteando a su alrededor, y los muchachuelos intentaban cazarlos poniéndolo costillas provistas de alúas apresadas.

Se distinguen dos épocas para la siembra: los de invierno que se siembran en otoño y se recolectan en el verano siguiente, y los de primavera que se siembran al final de la estación y se cosechan en el otoño. Para su desarrollo, el trigo no necesita en sí mucha humedad, pero en cambio si requiere abonos y estiércol, este último, difícil de obtener en nuestra zona. Las plantas presentan un tallo o caña con entrenudos, que se ramifican a flor de tierra en hijuelos que alcanzan un desarrollo semejante al tallo principal y cada caña termina en una espiga, que mantiene fijos los granos.

El trigo se somete a la molienda y trituración para separar la harina de la cubierta del grano, que constituye el salvado. En las Aceñas Marquesas, en el río Guadalquivir, durante muchos siglos se realizaron estas faenas.

Hoy día, las labores de la tierra y las de siembra y recolección se hacen con maquinaria, lo que ha dado lugar a la desaparición de las bestias de labor, de los pajares, de muchas profesiones agrícolas, y a la rotura de muchos linderos y paerones en las fincas, donde se criaban las malvas, las campanillas, los lirios, la carregüela, y otras plantas forrajeras, que además de embellecerlos servían de guarida y alimento a conejos, comadrejas, búhos, etc.

En la posguerra, en mi niñez, casi todos los niños del pueblo utilizamos el trigo como un alimento sustancial al organismo, al igual que las moras y el pan y panizo, pues, por las tardes cuando salíamos de la escuela nos dirigíamos a los campos a jugar, y con gran habilidad le sacábamos a las espigas el fruto de su envoltura y lo poníamos en la boca, haciendo incluso apuestas para ver a quien le cundía más desgranar una espiga.

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