
POR SANTOS BENÍTEZ FLORIANO, CRONISTA OFICIAL DE CÁCERES
Para hacernos una idea de cómo era la villa de Cáceres en el año de 1570, hay que recordar una frase que fue pronunciada ese año en la sesión del Concejo de 6 de febrero por uno de los regidores, lamentándose de los precios altos que tenían que pagar los mercederes en las aduanas de los puertos secos para poder traer las mercancías hasta Cáceres, diciendo: “Esta villa es de poca vecindad y pocos negocios”.
Pero a pesar de este lamento vamos a analizar la estructura por oficios de la villa de Cáceres en la segunda mitad del siglo XVI a través del estudio de 124 Contratos de Aprendizaje y de 224 Cartas de Examen.
En primer lugar, debemos señalar que destaca, sobre todo, el sector textil, a una distancia considerable el de cuero y pieles, el metal, construcción, cera, etc.
Entre los oficios sobresale, por el número de Contratos de Aprendizaje, el de sastre, con 46 contratos, un 37,09 % del total, seguido del de zapatero, con 22 contratos, cerrajero con 9, tejedor con 8, albardero y peraile con 3, etc.
Respecto a los aprendices examinados para conseguir llegar a ser maestros, tenemos 65 Cartas de Examen de tejedores, 45 de zapateros, 33 de cardadores, 24 de sastre, 12 de tundidor, etc.
Comparando estas cifras con la estructura profesional que obtuvo el profesor Rodríguez Sánchez del manejo de los repartimientos y de los padrones de calle-hita, se ve que los oficios artesanales que eran ejecutados por mayor número de vecinos eran los de zapatero, tejedor, sastre y cardador; vemos como coinciden los dos tipos de fuentes.
Esto significa que el acceso al trabajo artesanal se hacía a través de un período de aprendizaje con un maestro que culminaba con un examen para lograr ser maestro del oficio y poder tener taller, tienda y aprendices y oficiales propios.
A partir del año 1573 se produce una caída del aprendizaje y del examen de los diversos oficios. Sería aventurado pensar que este descenso tuviera relación con la segunda bancarrota del reinado de Felipe II, que tuvo lugar ese mismo año. Recordemos que fue la ruina del tráfico mercantil y financiero y que produjo un colapso del comercio lanero. Villas como Bilbao, Santander y Burgos, sufrieron un declive comercial importante en la segunda mitad de la década de los setenta del siglo XVI.
Desde el año 1579 vemos que se inicia una recuperación moderada en el aprendizaje y examen de los oficios cacereños.
La estructura gremial artesanal cacereña estaba constituida por una estricta organización jerárquica a tres niveles fundamentales: los de aprendiz, oficial y maestro.
Se accedía al aprendizaje del oficio mediante libre contratación con un maestro. Los oficiales trabajaban a las órdenes de un maestro examinado y no podían tener ni tienda ni aprendices. A maestro, grado superior de esta jerarquía, se llegaba pasando un riguroso examen.
Dentro de los distintos gremios se nombraban uno o dos veedores para cada año y después de ser nombrados debían ser confirmados en este cargo por el Ayuntamiento Cacereño; aunque a veces eran nombrados directamente por el Ayuntamiento de entre los maestros de los oficios.
Los veedores-examinadores realizaban funciones de inspección y examinaban a los aprendices.
En algunas ocasiones el Ayuntamiento nombraba veedor para una determinada inspección a alguien del oficio; como se dio en la sesión del 12 de febrero de 1571, en la que el Ayuntamiento cacereño acuerda se visiten a los zapateros-curtidores para revisar el curtido de toda corambre, eligiendo para dicha visita al zapatero Juan Esteban, para que fuera con el alguacil mayor a ver la corambre que cada zapatero tuviere curtida.
Otra figura que aparece junto a los veedores-examinadores era la del acompañado, nombrado por el teniente de corregidor o el corregidor, cuando alguno de los examinadores faltaba a la realización del examen, estuviera enfermo o bien eran nombrados para ayudar en los exámenes a los examinadores.
En una carta de examen de tejedor, de fecha 18 de abril de 1595, los veedores señalan que para examinar conforme a las Premáticas de los reinos habían de tomar consigo dos acompañados.
En cuanto al papel de la mujer cacereña, señalar que de las 224 cartas de examen estudiadas de la segunda mitad del siglo XVI, nos encontramos que los examinadores son mujeres en 19 de ellas, lo que corresponde a un 8,4 % del total.
Pasan el examen todas, siendo maestras tejedoras 14, maestras cereras 4 y 1 maestra candelera. Por tanto, los oficios más escogidos por las cacereñas eran los de tejedor, cerero y candelero, abarcando los sectores textil y de la cera.
Otro dato importante es que la mayoría de las mujeres que se examinan son viudas, lo que significa que accedían al trabajo artesanal al morir los maridos, buscando sin duda el sustento familiar.
En el siglo XVI en la Villa de Cáceres se recogen las viejas ordenanzas gremiales, intentando actualizar su contenido y dando otras a los oficios nuevos.
Recordemos que en los fueros romanceados medievales dados al Concejo Cacereño, estudiados por D. Pedro Lumbreras, se dan reglamentaciones a caleros, herreros, herradores, zapateros, carpinteros, molineros, horneros, pelliteros, batanadores, olleros, etc., oficios incipientes en el Cáceres medieval.
Estas de 1569 son una serie de ordenanzas, aprobadas por el Concejo Cacereño, que afectaban a los oficios señalados anteriormente.
Del estudio de las mismas se pueden extraer las conclusiones siguientes:
a) A través de ellas, el Concejo Cacereño fijaba los precios de las labores artesanales en la villa. Por ej., en la ordenanza de los batanadores se les fija que sólo podrán cobrar cuatro maravedís por vara de paño batanado.
b) En ellas se aprecia el intento de controlar rigurosamente las materias primas escasas en la Villa. En la ordenanza de los caleros se señala que no se vendiera cal a ninguna persona forastera sin que ésta hubiera traído antes a la Villa otra carga semejante de mercadería para proveimiento de ella.
c) Se ordenaba el modo y la realización del trabajo artesanal. Por ej., en la ordenanza de los zapateros se decía que no hicieran los zapatos de piezas de dos mitades.
d) En las ordenanzas se señalan también las medidas oficiales que debían de tener todos los artesanos.
e) Y se preescribían cuantiosas multas a los infractores de estas ordenanzas. Por ej., en la ordenanza de los herradores se fijaba una pena de doscientos maravedís a todos los herradores que cobraran más de ocho maravedís por cada herradura echada con sus clavos.
Ordenanzas con un valor positivo y negativo a la vez; ya que por ej., con la fijación de los precios estables, se le garantizaba al comprador que no sería defraudado, pero no existía una competencia de precios que hubiera podido beneficiar a ese comprador y que hubiera podido estimular a los artesanos a lograr una mayor calidad en sus productos.
FUENTE: EL CRONISTA
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