
POR ANTONIO BOTÍAS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

No había acabado la modista Carmen Martínez de encender la radio cuando se abalanzó al aparador para telefonear a la sede del Fútbol Club Barcelona. «Quiero hablar con Maradona», exigió resuelta. El recepcionista, al otro extremo de la línea y del país, le contestó qué deseaba del jugador a aquellas horas. Y doña Carmen le espetó: «Cortarle el aliacán».
La anécdota sucedió en 1982, como entonces narró la prensa. Doña Carmen, quien tenía dos hijos aficionados al fútbol, escuchó que el afamado jugador padecía una hepatitis y, según costumbre ancestral en Murcia, como aliacán se conocían estas afecciones. En parte, al menos. Porque también revestían las características de una depresión actual: decaimiento, falta o exceso de apetito, culpabilidad, insomnio… Lo llamaban tristeza. Y se curaba con el agua.
El agua en Murcia siempre fue tan importante que incluso, con solo verla, ponía supuestamente remedio a graves enfermedades. Entre ellas el aliacán. O eso creyeron generaciones de parroquianos. Entretanto, descripciones del aliacán a través de la historia hay de muy diverso pelaje. Quizá una de ellas resume los síntomas y despierta al tiempo una sonrisa. Fue publicada en la revista ‘La Enseñanza Católica’ allá por 1889. En ella se aclaraba que los que padecen aliacán son aquellos que «todo lo ven pajizo».
El semanario jocoso ‘Don Crispín’ publicó en 1912 su ‘Diccionario Crispiano’ e incluía otra definición para la ictericia: «Llamada vulgarmente aliacán; los individuos que la padecen se ponen pajizos como la bayeta y se curan viendo correr el agua».
La misma publicación, dos décadas justas más tarde, actualizaba su definición al publicar que aquella dolencia consiste «en ponerse el que la padece del color de los chinos de los collares. Se cura viendo correr el agua de la Puzmarina».
Era el aliacán la enfermedad que con más adeptos contaba en la región. Pero no en el siglo quince, que poco hubiera sorprendido. Incluso en la década de los sesenta del siglo pasado seguía casi intacta su fama. Así lo aseguró el doctor Francisco Peñalver en un artículo publicado en el semanario ‘Hoja del Lunes’.
El médico señalaba que «nadie piensa por qué no pueden cortar una pulmonía o una tifoidea, pero, en cambio, no dudan que el aliacán pueda ser ‘cortado’». Para hacerlo se recurría a una serie de oraciones, aunque antes era obligado el diagnóstico.
Con telas de colores
Consistía en proveerse de unos trocitos de tela de colores que se iban cortando sobre un tazón de agua y, según se hundieran o no, era el aliacán blanco, negro o amarillo. Otros curanderos sumaban a sus diagnósticos el aliacán rojo, uno de los más graves.
A la modista Carmen le bastaba conocer el nombre y apellido del presunto enfermo para comenzar el ritual. Primero se proveía de cuatro ovillos de hilo: blanco, amarillo, rojo y negro. Los introducía en un recipiente de agua mientras musitaba unas oraciones. «Depende de cómo se hundan los hilos, así va la enfermedad», aseguraba a la prensa. También había que atender a la velocidad con la que se precipitaban al fondo.
El amarillo correspondía al hígado; el rojo, a la sangre; el negro, al mal humor; y el blanco simbolizaba la tristeza. En el caso de Maradona, solo se hundían el blanco y el amarillo. El primer día cayeron a plomo hasta el fondo, aunque dos semanas después lo hicieron lentamente.
En muchos casos se curaba trasladando al enfermo a un cauce de agua viva. La corriente arrastraría consigo el aliacán y la tristeza desaparecería. Incluso alguna copla antigua señalaba esta creencia: «Estás malo de aliacán, y la tristeza te come, y te curarás si miras, el agüica como corre».
Más raro parece encontrar referencias al aliacán aplicado a objetos. Aunque existen. Y ya no solo lo padecían pequeñas cosas, sino incluso teatros enteros. Eso advirtió el redactor del semanario ‘La Palma’ en junio de 1849. Anteayer.
La pobre Sardina
En su artículo, al explicar la poca afluencia de público a una función, señalaba que había dos causas. Una, el calor, que comenzaba a apretar. Y la otra, la desgana que ponían los actores ante tan poca audiencia. «Y el teatro entero parece tener un si es no de ictericia (vulgo aliacán)».
Tan extendida estaba la creencia en esta dolencia que incluso algunos afirmaban que había meses más proclives a contraerla. Era el caso de octubre, «pues en este mes lo tiene todo lo que se desliga del cariño donde crece», apuntaba ‘El Diario de Murcia’ en 1887.
Además, añadía a los animales como víctimas del aliacán: «Desde el canario enjaulado hasta el jilguero silvestre, que se ve solo y sin nido y sin con quien distraerse». Por suerte, el mismo periódico aconsejaba en 1893 que «para entonar el cuerpo, que ahora está removido, propenso a las calenturas y al aliacán amarillo, lomo de cerdo al gratén y de Griñanes buen vino».
Quien también padecía año tras año la enfermedad era la Sardina, con mayúscula por ser la protagonista de su Entierro. En 1860, por apuntar un dato, en la portada del diario ‘La Paz’ se publicó un gracioso anuncio «para solemnizar el noveno aniversario» de la fiesta, que fue fundada en 1851.
Entre las causas de la defunción de nuestro popular pescado figuraba «la abstinencia, azotes, ataques de nervios, aliacán, ictericia, insomnios…». Y lo mismo se anunció en la prensa en 1877: «La afligía un feroz aliacán, y en un solo día la mató la diarrea, de unas viruelas negras ayudada; ¡ay! La pobre no estaba vacunada».
La curación del aliacán dependía del paciente. En el caso de Maradona, los médicos advirtieron al astro argentino en diciembre de 1982 que en marzo del año siguiente podría volver a jugar. Pero doña Carmen advirtió de que, «con mi curación, estará antes». En aquella ocasión, por cierto, acertaron los galenos. Quizá a Maradona le faltó mirar el agua pasar.
Fuente: https://www.laverdad.es/
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