
POR AGUSTÍN DE LAS HERAS MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIELAGOS (MADRID).
Un dos de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se levantó contra la invasión francesa. Valdepiélagos no fue ajeno al flujo de refugiados que huyeron de la capital. El cura dejó constancia en los libros de la iglesia de la llegada de familias enteras que, como no, los vecinos de Valdepiélagos acogieron y fueron solidarios con ellos.
Hace unos años investigué sobre los apellidos y la historia de los mismos que dio como resultado la publicación de un libro «De las Heras. Crónicas de Valdepiélagos».
Aunque está novelado para situar el contexto los datos que incluye, fechas, nombres, son reales y pueden encontrarse en los libros de defunción y bautismo de nuestra iglesia. Ningún personaje es inventado.
Os adjunto un capítulo donde se refleja lo acontecido en Madrid y su repercusión en Valdepiélagos. Todos los personajes son reales y vivieron en nuestro pueblo en esa época.
«El flujo normal de población desde el camino del Norte hasta pueblos y tierras menos expuestas se acrecentó en los últimos meses. Los saqueos y el expolio del ejército francés se hicieron tan asfixiantes que familias enteras venían no sólo de la capital, sino de otros pueblos donde no podían soportar esa presión. Ni la igualdad, ni la legalidad y mucho menos la fraternidad eran derechos de los ocupados. Familias enteras con algún pariente en esta villa o algún conocido, o simplemente intentando huir de los focos de la guerra llegaron a Valdepiélagos con lo poco que poseían. Aún tenían menos que los mismos vecinos.
Muchos de los que llegaron lo hacían en condiciones tan deplorables que al invierno le fue fácil llevarse muchas almas.
Por la edad, Tomás había hecho buenas migas con Diego. Hablaban largos ratos cuando se veían. Y a Tomás le gustaba saber sobre lo que acontecía en sitios lejanos. Diego y su familia huyeron de Madrid. Le contaba con pelos y señales el levantamiento en las calles el pasado dos demayo y la represión posterior de los gabachos.
La familia de Diego vivía en los Carabancheles y apenas se acordaba de lo que le pasó. Sólo recordaba una calle estrecha próxima a la Puerta de Toledo cuando vio correr hacia él gente huyendo. Detrás venían con mazas de armas y sables unos soldados de caballería extraños, con un sombrero rojo envueltos en unos turbantes amarillos y blancos. Vestían ropas exóticas, aparentemente caras, con adornos, blandiendo unos sables curvos que alguien después le contó que eran cimitarras. Lo último que recuerda es que la multitud de gente despavorida huyendo de aquellas tropas le hizo caer al suelo, pero antes se golpeó contra unas rejas negras de hierro que protegían una ventana.
Diego le contó a Tomás que un primo suyo que cruzó el Manzanares para curiosear junto a él yacía en el suelo junto a un charco de sangre con la mirada perdida. Un mameluco había descargado sobre él su sable, cortándole el cuello.
Estuvo escondido en los Carabancheles con su familia, postrado en la cama, con un fuerte hematoma en la cabeza.
Cuando las calles se normalizaron en la vida diaria con el invasor asentado, los madrileños volvieron a ir a los mercados, los portazgos se empezaron a pagar y el flujo de gentes no fue esporádico.
Juan Moreno y Luisa Ruiz, los padres de Diego, junto a la abuela y dos hermanas, bordearon el rio y, sin entrar en la capital, buscaron el camino de Fuencarral para seguir hacia el valle del Jarama.
Durante algún paseo, Tomás de las Heras y Diego Moreno compartían conversación descubriendo el pueblo, cuando diciembre y enero y las labores de Tomás les daban un respiro. Su lugar preferido era lo que ya las gentes empezaban a llamar el Cerro de la Horca.
Sentados, Tomás y su hermano más pequeño, Cándido, oían todo lo que les contaba de Madrid, aunque a veces los ojos de Diego se volvían blancos, quedándose absorto con la mirada perdida y sin hablar. Le llamaban por su nombre, pero no contestaba. Eso le duraba unos segundos. El año nuevo trajo incertidumbre, enfermedad y hambre. En casa de Tomás tenían al menos para comer y algunas veces escondía cardillos y pucharacas que le llevaba a casa de la señora Luisa para que hicieran algún caldo o con algún huevo, una tortilla.
Ser de pueblo llevaba también implícito saber sobrevivir con lo que había en el campo. Y ellos eran de ciudad.
A mediados de enero fueron Tomás y su hermano a buscar a Diego, pero este ya no salía. Los dolores de cabeza le estaban paralizando.
El 24 de enero, Tomás y Cándido, perdieron a su amigo que fue enterrado en Valdepiélagos como muchos de los que llegaron huyendo de los franceses… «
Os deseo un feliz dos de mayo, su recuerdo y su no olvido.
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